LA MAGNÉTICA VOZ DE LA CUENTACUENTOS

Hablar bien en público

Hablar bien varios idiomas es hoy en día muy importante, pero en el verano de 1978 salías del bachillerato con un nivel bastante escaso. Decidí enmendar eso y con 18 años volé a Londres para mejorar mi nivel de inglés en la “Wimbledon School of English”.

Fue allí donde comenzó mi afición por la buena oratoria y se afirmó mi propósito por hablar bien. Lo descubrí al escuchar por primera vez en mi vida a una “cuentacuentos” o “Storyteller”.

La voz es magnética

Wendy que así se llamaba, llegó a la hora prevista y se abrió paso entre los alumnos que llenábamos el salón para sentarse en el centro. Tomó el borde de su vestido para evitar pisarlo o engancharlo y se sentó cruzando las piernas en el suelo como si fuera un indio a punto de fumar la pipa de la paz.

 Recuerdo la viveza de sus ojos y la sonrisa, pero no el conjunto de su cara. Sin embargo, su voz nunca se me ha olvidado.

El público queda ensimismado ante un relato bien contado
Photo by Tracy on Flickr

Comenzó a hablar y la sorpresa fue entender casi el 100 % de lo que nos relataba. Es cierto que durante los días previos habíamos preparado parte del vocabulario que integraría el cuento, pero las variaciones en el tono y timbre de su voz, el uso de la velocidad en sus frases y el volumen con el que acompañaba cada sentencia eran suficientes para entender lo que nos contaba aun cuando lo hubiera hecho en cualquier idioma por desconocido que fuera.

Imagen de Luxstorm en Pixabay

Aquella mujer, sentada en un salón lleno de estudiantes de todas las nacionalidades, tenía un magnetismo especial. Usaba su voz para transmitir todas las emociones que la historia requería: alegría, miedo, ira, ansiedad, paz…

La voz tiene un poder especial por la carga emocional que transmite. Impacta y provoca acercamiento o rechazo según la usemos. Es lo que algunos expertos denominan metalenguaje que está integrado por el tono, el volumen, las pausas y silencios.

La voz es un arma de seducción

Susan Hughes, Psicóloga y profesora del Albright College, afirma que la voz es tan importante en la atracción sexual como el aspecto visual. Lo mismo opina el psicólogo Héctor Galván, director clínico del Instituto Madrid de Psicología, quien considera la voz «toda un arma de seducción” cuyo poder supera incluso el del aspecto físico en este campo.

La voz nos identifica y se convierte en la marca personal de cada uno. Los expertos en comunicación coinciden en darle el segundo lugar en el impacto de nuestro mensaje después de los gestos y por encima del contenido en sí.

Con independencia de si supone un 30 o un 40 % de la comunicación, lo cierto es que le damos menos importancia de la que tiene y no pocos discursos, lecciones, entrevistas, … se han arruinado por no cuidar la voz adecuadamente.

Emocionar con la voz

Emocionar con la voz es sencillo si conocemos sus cualidades y cuidamos las herramientas con la que la producimos:

La voz está integrada por el volumen, tono, timbre y ritmo y en su producción intervienen la respiración, la dicción y la modulación. El volumen o intensidad de nuestra voz depende de nuestra respiración y el uso de nuestro diafragma. Sin llegar a gritar, debemos utilizar una intensidad enérgica que se adecue al entorno en el que vamos a hablar.

En una presentación online, tan frecuentes en la actualidad, nuestro volumen debe moderarse y asimilarse al de una conversación cara a cara. EL tono está determinado por las cuerdas vocales, por su grosor y por su longitud. Los hombres, en general, tenemos un tono más grave y las mujeres más agudo. Se puede controlar y evitar el zumbido monocorde que resulta muy incómodo y aburre. Un buen truco es iniciar las frases con un tono más alto y lo vayamos bajando hacia el final. Las voces graves resultan en general más atractivas que las agudas y conviene evitar la conocida como “voz de pito”.

Las cuerdas vocales junto con la boca y la nariz forman una caja de resonancia
Photo by Rachel Mason on Flickr

EL timbre es la suma del sonido de las cuerdas vocales y la caja de resonancia que está integrada por nuestra nariz y nuestra boca. La amplitud de la boca ayuda a adecuar el timbre de nuestra voz y modificar el tono. Un timbre abierto es más eficaz que hablar con la boca cerrada (o pequeña).

Hablar bien implica hacerlo con el ritmo adecuado

El ritmo es la velocidad con la que hablamos y las pausas que efectuamos. Hay una enorme diferencia entre hablar rápido y hablar lento. Un orador ágil es mejor percibido. Sin llegar a atropellar o ametrallar las palabras, evitemos la lentitud excesiva.

La combinación de las 4 cualidades es la que nos va a permitir comunicar distintas emociones.

Si queremos transmitir alegría utilizaremos un tono y volumen altos y hablaremos más rápido. Para la angustia o miedo, bajaremos el tono y la velocidad. Y, si lo que queremos es provocar la risa ante una broma, haremos uso de la pausa.

Los buenos oradores entrenan y calientan la voz

Photo by Xurso Martínez on Flickr

Todo ello fluirá si entrenamos adecuadamente tanto nuestra respiración como la dicción y pronunciación.

La respiración depende de un buen uso de nuestro diafragma que debemos identificar y sentir. Llenar los pulmones de aire y expulsarlo a distintas velocidades antes de “salir a escena” evitará que nos ahoguemos y facilitará el volumen adecuado.

Las cuerdas vocales y la caja de resonancia qué representan nuestra boca y nuestra nariz están rodeadas de músculos qué debemos dominar.

Los trabalenguas entrenan la dicción

Activar la musculatura alrededor de nuestra garganta y nuestra boca, relajar el cuello y nuestras mejillas y soltar la lengua son ejercicios habituales para un cantante o un actor y deben serlo para un orador. No hay nada peor que iniciar un discurso carraspeando por no haber calentado previamente la voz.

Del mismo modo, un discurso puede verse afeado por aquellas palabras de difícil pronunciación que traban nuestra lengua. Los expertos recomiendan aprender trabalenguas y recitarlos en voz alta para evitarlo.

Cuando escuché a Wendy en 1978 contándonos un cuento no sabía por qué su voz me impactó con tanta fuerza. Tras varios años teniendo que hablar en público aprendí que simplemente concedía a su voz la importancia que en estas líneas he querido dejar reflejada.

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